Muchas veces las personas me preguntan cómo se hace para vivir en paz.
Y la verdad es que hoy emano paz interior, pero mi camino para alcanzarla fue largo, duro y profundamente doloroso.
Durante muchos años no supe hacerlo de otra manera.
La adversidad atravesó mi vida una y otra vez: enfermedades, accidentes, un incendio, abandonos, divorcios, quiebras económicas, desempleo…y la experiencia más devastadora de todas: la muerte de mis hijos menores, que me llevó a sentir que la vida había perdido todo sentido. Ese fue el momento más oscuro. Pero también fue —aunque entonces no pudiera verlo— el inicio de un despertar. Con el tiempo comprendí que el dolor es solo una cara de la moneda. Porque para haber perdido algo, primero hay que haberlo tenido. Y ahí descubrí algo esencial: las pérdidas no me definían.

También era una mujer profundamente afortunada.
Había sido bendecida con salud, con amor, con abundancia material y económica, con amigos y familia que me sostenían.
Algunos de esos regalos fueron temporales, sí…
pero tuve la bendición de vivirlos.
Fue entonces cuando entendí que nuestra mentalidad gobierna nuestro estado emocional,
y que, con el tiempo, esa mentalidad moldea las experiencias que vivimos
y la percepción que tenemos de ellas.
Pero descubrir la propia mentalidad no es automático.
Requiere un compromiso profundo:
conocerse a uno mismo, aceptarse sin juicios, aprender a poner límites, silenciar el ruido externo para poder escuchar la voz interior, y desde ahí gestionar conscientemente las emociones.
La vida no se trata de que no pasen cosas difíciles. Siempre habrá pérdidas, cambios, personas que llegan y personas que se van.
El verdadero secreto de la paz interior no es evitar el dolor, sino saber que, pase lo que pase, siempre tendremos los recursos para salir adelante. Esa certeza nace cuando sentimos que estamos cumpliendo con nuestra parte del plan de vida. Desde ahí, la vida asiste. Y aun en medio de la tormenta, nada esencial falta.

Y también aprendí que el verdadero éxito no se copia ni se roba.
No se trata de imitar a quien ya “llegó”, ni de criticar su camino.
El éxito real nace cuando tenemos el coraje de ser quienes somos, y desde ese punto único —irrepetible— actuar en coherencia.
Por eso, el autoconocimiento es indispensable.
Revisar las heridas de batalla, sanarlas, dejar de vivir desde la carencia o la espera de que alguien más nos dé lo que, por derecho divino, ya nos pertenece.
Cuando nos conocemos en profundidad, descubrimos nuestras fortalezas y nuestras debilidades.
No para juzgarnos, sino para mirarnos con amor, honrar nuestros procesos y transformar la experiencia de la vida en sabiduría.
Ese es el camino que recorrí.
Y es el camino desde el cual hoy acompaño a otros.

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