El Día que Aprendiste a Sentir (Y Nunca lo Cuestionaste)

Un artículo sobre la gestión emocional,

la infancia y el arte de volver a elegir

Hay una escena que se repite en la vida de casi todas las mujeres que llegan a mi consulta.

Están frente a mí, con los ojos cansados, y me dicen algo parecido a esto:

"No entiendo por qué reaccioné así. Fue algo pequeño. Pero exploté. Y después me sentí culpable durante días."

O esto:

"Sé que no debería sentirme así. Sé que no es para tanto. Pero no puedo evitarlo."

Y yo les pregunto siempre lo mismo: ¿Cuándo aprendiste a sentir así?

Porque eso que llamamos "gestión emocional" no es algo que hacemos mal o bien de forma innata. Es algo que aprendimos. Y lo aprendimos en un momento muy específico de nuestra vida: la infancia.

La emoción no es el problema. El problema es lo que aprendimos a hacer con ella.

Vivimos en una cultura que nos enseñó a dividir las emociones en dos categorías: las "buenas" y las "malas".

La alegría es buena. La tristeza es mala. La calma es buena. La rabia es mala. La gratitud es buena. El miedo es malo.

Y desde esa división, aprendimos a hacer algo muy peligroso: esconder las emociones que no eran bienvenidas.

Pero quiero decirte algo que puede cambiar tu forma de verte:

No existen emociones negativas. Existen emociones incómodas.

La rabia no es mala. Es información sobre un límite que fue violado.
La tristeza no es mala. Es información sobre algo que necesito soltar.
El miedo no es malo. Es información sobre algo que percibo como amenaza.
La vergüenza no es mala. Es información sobre algo que aprendí a esconder de mí misma.

Las emociones no vienen a destruirnos. Vienen a decirnos algo.

El problema no es sentir. El problema es que muchas de nosotras aprendimos a no escuchar lo que sentimos. Y lo que no se escucha, se acumula. Y lo que se acumula, un día estalla. O se somatiza. O se convierte en ansiedad crónica, en insomnio, en enfermedades que la medicina no logra explicar.

Cómo aprendimos a gestionar emociones en la infancia

Aquí viene la parte que pocas veces nos enseñan.

Cuando naciste, no tenías un "manual de gestión emocional". Tu sistema nervioso era una hoja en blanco. Y ese sistema aprendió a regularse a través de la relación con tus cuidadores primarios.

En palabras simples: aprendiste a calmarte (o a no calmarte) según cómo te respondieron cuando sentías algo.

Si cuando llorabas, alguien venía a abrazarte, tu cerebro registró: "Mis emociones son bienvenidas. Puedo expresarlas y alguien me sostendrá."

Si cuando llorabas, te decían "no llores por eso", "no es para tanto" o simplemente nadie venía, tu cerebro registró algo muy distinto: "Mis emociones son un problema. Es mejor no sentirlas."

Si cuando te enojabas, te castigaban o te ridiculizaban, aprendiste: "La rabia es peligrosa. Debo esconderla."

Si cuando estabas triste, tu mamá se ponía triste también, aprendiste: "Si yo siento, el otro se derrumba. Mejor me ocupo yo de los demás."

Y así, sin que nadie te lo explicara con palabras, tu niña interior escribió un manual emocional que decía cosas como:

  • "Si me callo, no habrá conflicto."

  • "Si me río, no sentiré el dolor."

  • "Si me muestro fuerte, nadie me lastimará."

  • "Si controlo todo, nada malo pasará."

  • "Si complazco a los demás, me querrán."

Ese manual fue brillante. Para una niña de cinco, siete u once años, fue una estrategia de supervivencia perfecta. Le permitió pertenecer, evitar el castigo, no ser abandonada, sobrevivir al mundo en el que le tocó crecer.

Pero nadie le dijo a esa niña que ese manual era para la infancia. No para toda la vida.



El día que dejaste de sentir (sin darte cuenta)

Cuando una niña aprende a esconder sus emociones para sobrevivir, ocurre algo muy particular: una parte de ella se queda congelada en ese momento.

La niña sigue ahí. Con su rabia no expresada, con su tristeza no llorada, con su miedo no nombrado. Y aunque el cuerpo crece, aunque pasan los años, aunque logras una carrera, una pareja, unos hijos, esa parte de ti sigue teniendo cinco, siete u once años.

Y por eso, cuando en tu vida adulta algo te desborda, la reacción no es proporcionada al presente. Es proporcionada a la memoria.

Tu jefe te hace una crítica. Y tu reacción no es la de una mujer adulta que evalúa la información. Es la de una niña de siete años que sintió que no era suficiente.

Tu pareja se queda callada. Y tu reacción no es la de una adulta que puede preguntar "¿te pasa algo?". Es la de una niña que teme ser abandonada.

Una amiga no te responde el mensaje. Y tu reacción no es "seguro está ocupada". Es "me está ignorando, como cuando mamá se encerraba en su cuarto".

No estás reaccionando al presente. Estás reaccionando a la memoria.

Y esto no es un defecto. Es un mecanismo de supervivencia que se quedó encendido mucho después de que ya no fuera necesario.

El error que cometemos todas: creer que "somos así"

Durante años, muchas mujeres creemos que nuestra forma de reaccionar es nuestra identidad.

"Yo soy una persona ansiosa."
"Yo soy de carácter fuerte."
"Yo soy la que siempre se sacrifica."
"Yo soy la que no sabe decir que no."

Pero quiero decirte algo con toda claridad: eso no es lo que eres. Es lo que aprendiste a hacer.

Y aquí está la buena noticia, la que cambia todo:

Si una respuesta emocional fue aprendida, también puede ser transformada.

No estás condenada a repetir el manual de tu niña interior para siempre. No estás condenada a explotar cuando algo pequeño te desborda, ni a deprimirte cuando algo no sale como esperabas, ni a complacer cuando en realidad querrías decir "no".

Puedes aprender a gestionar tus emociones de otra manera. Y ese aprendizaje empieza con una sola cosa: la autoconciencia.

En el próximo articulo te daré 4 practicas para comenzar a gestionar tus emociones

¿Y si empiezas a mirarlo diferente?

Todo cambio puede comenzar con una conversación.